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BERLÍN EN PELIGRO

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  • BERLÍN EN PELIGRO

    La concurrencia a la capital de moda ha creado fenómenos insólitos, como la fama internacional del portero de discoteca, Sven Marquardt

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    El declive del orden igualitario es visible en los vagones del tren fantasma del Spreepark, donde solo asusta ya un cúmulo de telarañas


Los lugares y personajes que han hecho de la ciudad la más atractiva y ‘cool’ de Europa y que pueden desaparecer

Artículo de Lara Sánchez para El País (6 NOV 2014)

Nietzsche ha muerto. Su ideal del hombre como "lago que levantó un dique allí donde antes se derramaba", creciendo cada vez más fuerte "a través de su propia renuncia", desapareció con la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989. Hoy, a escasos metros de la casa donde Christopher Isherwood escribó la historia de Cabaret, un ex parlamentario del Partido Verde alemán y antiguo taxista del Berlín occidental, Uwe P. Tietz, dialoga con el periodista y dj Guido Schirmeyer sobre el rumbo del Berlín que se adapta, de nuevo, a un escenario contemporáneo de héctareas, antes ocupadas por aquel dique del comunismo tan mortal e inmediato.

Una ráfaga de luz intermitente y silenciosa anuncia la llegada de Uwe y Guido a la puerta del Green Door cocktail bar de Schöneberg, barrio de la bohemia clásica berlinesa donde Kennedy apeló a las libertades individuales y también vivieron Einstein, Billy Wilder, Iggy Pop y David Bowie. Es un distrito de la capital al que no le queda mucho por reformar, el centro de la vida comercial occidental recuperada tras la Segunda Guerra Mundial y la meca del morbo sexual en los años veinte con El Dorado, un club transformista al que acudía la aristocacia europea y hasta el jefe de las SA, Marlene Dietrich y los expresionistas alemanes.

La concurrencia a la capital de moda ha creado fenómenos insólitos, como la fama internacional del portero de discoteca, Sven Marquardt

El Muro, sus tanques y los soldados alrededor de la Puerta de Brandenburgo han estado siempre más allá, al otro lado de los árboles del Tiergarten. La vida se hizo bajo nuevos techos y alejada de los prismáticos militares en cada franja. Por ello, Schöneberg sigue siendo el Chueca berlinés, a tan solo diez minutos a pie de la avenida de las tiendas caras del Kudamm. No hay casi grúas en el horizonte y los asistentes al festival gay del Folsomvan a veces disfrazados de perros, exhibiéndose sin prejuicio a cuatro patas, con unas graciosas colitas de cuero en el recto. Pero el actual avance del otro lado de la metrópolis supera esta escena con creces. Una vorágine de acontecimientos, como ese lago que, roto el hormigón, vierte explosivamente sus aguas, han dado origen a un Berlín oriental algo más alocado, donde los precios aumentan sin parar. En cambio, Berlín occidental, aunque interrumpida por la barbarie nazi y ciertamente afectada por sobrevivir aislada tras el telón de acero, nunca sufrió semejante contención: hoy se presenta como la hermana sosa de otra ciudad, joven y mucho más fuerte de lo que Nietzsche jamás pudo imaginar.

La Berlín reunificada cuenta con casi 800 hoteles y un 15% de población procedente de 190 países. Los alquileres para residir en el antiguo barrio comunista de Prenzlauer Berg han subido un 62% desde la caída del Muro, precio que pagan muchos de los 60.000 jóvenes trabajadores de las emergentes start ups. La zona denominada Kreuzkölln, otra de las preferidas por jóvenes solteros y artistas, ha otorgado 260 licencias para nuevos bares y restaurantes en los últimos cuatro años. Mientras tanto, al Berlín clásico occidental han llegado multitud de adinerados rusos que viven en un distrito al que ya se le llama Charlottengrad.

Grúas alrededor del palacio real prusiano / PACO ARTEAGA

El pasado mes de octubre se inauguró un complejo comercial de 76.000 metros cuadrados a pocos metros de la Puerta de Brandenburgo donde caben todas las franquicias de ropa y comida, ya extendidas por el resto de Europa. El célebre bulevar de la Unter den Linden permanece semi cortado por la gran obra de una nueva línea de suburbano y culmina en un ramillete de más de quince grúas que trabajan en la reconstrucción del palacio real prusiano, a razón de 600 millones de euros. El músico por antonomasia de la vanguardia berlinesa, Blixa Bargeld, registró sonidos del Berlín de hace dos décadas y hoy dice no reconocer ni un ápice de la nueva grabación que ha realizado. Y, por su parte, Bowie narró en su último vídeo Where are we now?' (¿Dónde estamos ahora?) un paseo por los lugares hoy liberados de aquel Muro, frente al que grabó su himno Heroes, y en el que aparece con una gran bolsa que reza "shopping" a sus pies.

Precisamente de compras, en los almacenes de lujo KadeWe, se encontraba el viernes pasado el todavía carismático alcalde de Berlín, Klaus Wowereit. Eran las cuatro de la tarde, a apenas una semana de las celebraciones por los 25 años de la caída del Muro –una fecha presumiblemente repleta de citas en la agenda del político– y Wowi paseaba relajado con su pareja por la sección de vinos de importación. El aniversario será uno de los últimos actos públicos del alcalde tras su dimisión ante las presiones de su partido, el socialdemócrata SPD, debido a los escándalos de gestión del nuevo aeropuerto de Berlín. "Las decisiones aquí van cambiando como el viento", apunta Guido.

Portada de la autobiografía de Sven Marquardt / PACO ARTEAGA

La construcción del nuevo aeropuerto, cuya fecha de inauguración aún es incierta, implicaba el cierre del histórico Tegel, otro más práctico, construido con ayuda de 20.000 voluntarios cuando Tempelhof se ocupó por los estadounidenses para el "Puente áereo" que salvó a Berlín occidental del bloqueo de la Alemania oriental de 1949. "Ahora parece que se está estudiando no cerrarlo", dice Uwe. La decisión, como muchas otras relativas a terrenos disponibles o lugares históricos de la capital, correrá a cargo del nuevo alcalde y actual consejero de Urbanismo, Michael Müller, que tanto la ciudadanía –sobre todo la homosexual, muy seguidora del encantador alcalde saliente–, como algún diario alemán, ya aventura será un político aburrido, con el que la "fiesta se acabará" en Berlín.

La permisividad, los espacios creados por iniciativa ciudadana entre la maleza o sobre las ruinas de la división ideológica, y la cultura tantas veces denominada underground o trash que ha hecho de Berlín unas de las ciudades más llamativas del mundo, resisten "a duras penas frente al avance de lo comercial", dice Rebecca Lilliecrona, portavoz del patio de Schwarzenberg  el único del distrito histórico de Mitte sin renovar, creado por iniciativa de artistas, y donde los turistas contemplan boquiabiertos paredes cubiertas de street art, un cine al aire libre y los museos de Anna Frank o del Schindler berlinés Otto Weidt. El contrato de alquiler de este espacio, cuyo vecino es un gran Starbucks, expira el año que viene y Rebecca confiesa aún no saber si podrán quedarse. Muy cerca de allí cayó recientemente, y por desidia de sus habitantes, el excentro ocupado de Tacheles, cuyo esqueleto arquitéctonico será aprovechado por un inversor privado para un complejo que transformará por completo la fisonomía de la esquina con la Friedrichstrasse.

Anuncio del el antiguo salón de baile del Clärchens Ballhaus / PACO ARTEAGA

Pero no todo son malas noticias, porque en la misma zona permanecen aún dos recientes hitos culturales: la antigua sede de la asociación de artesanos de Berlín –por donde pasaron Rosa Luxemburgo o Joseph Goebbels– Sophiensaele, hoy referente de la danza contemporánea europea, bajo la dirección de la coreógrafa Sasha Waltz, y el antiguo salón de baile del Clärchens Ballhaus, donde los hombres del lado occidental acudían a ligar con las berlinesas orientales, extendiendo rápidamente sus permisos a otras 24 horas en caso de éxito. Aquella noche de las mujeres durante el Berlín dividido, la de los miércoles en Clärchens, es hoy una de las más famosas para bailar swing en la capital. Ambos lugares son el ideal de una metropólis alemana que sí aprovecha su pasado –sus dueños han elegido mostrar las paredes y fachadas históricas, sin restaurar– para celebrar el vivo presente sin parar de bailar.

Guido recuerda ir hace más de tres décadas a la Colina del diablo o Teufelsberg "hasta arriba de LSD" con sus colegas. Les encantaba el aspecto fantasmal y terrorífico del fortín estadounidense de bolas blancas gigantescas, dispuestas para la escucha del estornudo de un soldado soviético a kilómetros de distancia. "Aquello parecía Guantánamo", dice Guido, "lleno de miles de soldados, perros en la niebla y varias vallas de alambre". Al desaparecer la República Democrática Alemana, el lugar cayó en desuso y, paradójicamente, se convirtió en un coladero de turistas que hasta hace poco fotografiaban sus tecnológicos restos.

En 2007, David Lynch, convencido de la meditación trascedental, realizó allí una pantomima sectaria proclamando la construcción de un templo sanador de los espíritus que, según él, vagan por el Berlín de tantas cicatrices. En realidad, un inversor privado acaba de iniciar conversaciones con el gobierno berlinés para que a lo alto se construya un complejo museo con hotel. Mientras tanto, no se sabe muy bien cómo, un grupo autodenominado como "artistas" se ha hecho con la gestión provisional del cerro, cobrando a cada visitante casi veinte euros por una breve exploración. "En cambio, a nosotros nos encantaba ir drogados solo para provocar a los militares", recuerda Guido.

El declive del orden igualitario es visible en los vagones del tren fantasma del Spreepark, donde solo asusta ya un cúmulo de telarañas

La concurrencia a la capital de moda también ha creado fenómenos insólitos como el de la fama internacional del portero de discoteca Sven Marquardt. La pila del bestseller autobiográfico del guardián de Berghain, en la que recuerda su vida como punk en el distrito comunista de Pankow y las noches de la Berlín recién reunificada, en emplazamientos de Mitte, sin controles, ni freno por parte de las autoridades, luce prominente en la librería más importante de Berlín. Su cara perforada y tatuada es la única que se conoce en medios del equipo del "templo" o "lo oscuro", como lo llaman sus asiduos, y al que este año ha dedicado un reportaje hasta la prestigiosa revista The New Yorker. Marquardt ha pasado noches y mañanas decidiendo quién es apto para entrar al club y quién no, pero también ha ejercido como fotógrafo en sus ratos libres. Desde que apareció en toda la prensa nacional, con motivo del décimo aniversario de Berghain, no se le ha vuelto a ver a la entrada de esta antigua sede energética que hoy es una colosal pista de baile, libre de prejuicios y sin apartado VIP, y donde el primer motivo para echar a alguien es si le pilla tomando fotografías en su interior. 

Los grupos de hasta seis personas entran en sus cuartos oscuros o sus baños, a la par que cualquier DJ de su aclamado sello discográfico, Ostgut Ton, puede llegar a pinchar diez horas seguidas, a veces rozando los 111 decibelios. Marqardt ya tiene contratos frimados con Hugo Boss y una exposición individual de sus fotografías en Turín. 

Y a pesar de que probablemente él ya no será visible en la puerta en mucho tiempo, Berghain mantiene y acrecenta cada vez más su fama como "algo más que un club", capaz de atraer al año a miles de jóvenes. Sin embargo, otros espacios, menos hábiles, han caído con el tiempo o lo harán, como Bar 25, Morlox, Kater Holzig o Sysiphos. Pero, de momento, su desaparición no constituye ningún drama, porque la escena nocturna de Berlín está siendo el atractivo más constante de Berlín oriental y la única con capacidad para mutar rápido, a base de buenas dosis de imaginación y un potente sistema de sonido.

Quizás la ciudad acabará un día votando como alcalde a alguno de los empresarios de la noche. El problema de Berlín –según Uwe y Guido– es que sus políticos "son tecnócratas, gente sin apertura de mente, que no tienen ningún plan estratégico para la ciudad, y quizás sí su propia estrategia personal". La transformación de la ciudad sigue los dictados de sus amantes, ya sean turistas o residentes. Es cierto que las estimaciones iniciales de crecimiento preveían una capital de multinacionales, con los espectaculares edificios contemporáneos de la Potsdamer Platz a la cabeza y un centro comercial, el Arkaden, que pronto cerrará eclipsado por la nueva gran superficie inaugurada a escasos metros. A pesar de ello, la consejería de Urbanismo aún exhibe las maquetas con otras construcciones proyectadas en los 90, a la espera de promotor.

En ellas luce espectacular una serie de futuros rascacielos que cubrirán casi por completo el que hoy es el símbolo más reproducido de la ciudad: la Torre de la televisión. Romperá el hielo Frank Gehry con una torre de viviendas gigantesca, un rascacielos igual de novedoso que un segundo, cerca de la estación de Zoo, por el que se demolerá el obsoleto edificio del Museo Erótico berlinés. Más abajo, en Friedrichshain, donde se centra la historia de Goodbye Lenin se ultima otra torre a la ribera del Spree.

Imagen de la vista desde la 'Colina del diablo' o Teufelsberg / PACO ARTEAGA

A pesar de ser el ansiado lugar de recreo para todos los berlineses que sufrieron veintiocho años de Muro sin acercarse al agua, las autoridades idearon la venta de esos solares a corporaciones de la comunicación que nunca han llegado. En su lugar, los ciudadanos han sido testigos de la caída parcial de la East Side Gallery para edificar una torre de apartamentos de lujo y otro hotel. De todos modos, y a pesar de las protestas, poco hay que salvar cuando miles de turistas arruinan, a diario, las pinturas sobre el tramo del Muro con dibujos de dudoso gusto, o testimonios al estilo "Fulanito ha estado aquí" o "Catalonia is not Spain", y tampoco las autoridades se molestan en instalar un metacrilato o guardias que lo protejan.

Venir a Berlín se puso de moda a partir de los Mundiales de fútbol y los primeros vuelos low cost del 2006. Pintar sobre el memorial del Muro o fotografiarse con soldados de mentira en el Checkpoint Charlie, son solo algunos de los riesgos que amenazan con convertir la ciudad, como califican muchos berlineses, en un Disneyland a base de franquicias. De los 45.000 segmentos que integraban el Muro de la "vergüenza" solo quedan tres en posesión de la municipalidad y, de hecho, hoy se puede comprar un cuarto a un particular en eBay por quince mil euros. El resto andan repartidos por la ciudad y el mundo como souvenirs, incluso con una placa incrustada que lo define como "propiedad privada" a la entrada de algún hotel de lujo.

El afán por recuperar o poseer artículos del pasado comunista, la célebre "Ostalgie", no ha sido capaz de salvar uno de los iconos de la vida en el sureste de la ciudad. El Spreepark, único parque de atracciones de la metrópolis alemana, fundado en 1969 por las autoridades para conmemorar la constitución del orden en consonancia con los dictados de Marx, ha resultado ser el paradigma de la torpe gestión administrativa actual. El declive del anterior orden igualitario es visible en su noria paralizada o los vagones de un tren fantasma donde solo asusta ya un cúmulo de telarañas. Las autoridades del Berlín reunificado otorgaron la concesión de explotación del parque a un feriante que vió como, poco después, se declaraba la zona contigua de protección medio ambiental.

La imposibilidad de construir el necesario parking para las visitas de ciudadanos de ambos lados de la ciudad, por un nuevo gestor que, de por sí, ya había adquirido amplios créditos bancarios para la modernización del centro de ocio, acabó en una huida a Perú con parte de sus atracciones más valiosas. Un intento de creación de otro parque, llamado Lunapark, en Lima, y la devolución del nuevo dinero prestado de la mafia del narco latino, trajo de vuelta a Alemania al feriante con más de cien kilos de cocaína escondidos en los tubos de las ‘Alfombras voladoras’. A día de hoy, y a pesar de la fascinación que despierta el lugar entre turistas, nuevos residentes y antiguos usuarios, el abandonado parque está vigilado por una empresa gestora de deudas bajo la que, misteriosamente, se ha incendiado gran parte del espacio hace un mes. Otro incendio, semanas después, a los pies de las míticas obras murales del artista Blu, al otro lado del puente Oberbaumbrücke, en un solar de la dinámica Curvystr., a la ribera del Spree, ha resultado igualmente en cercamiento de vallas y la probable desaparición de las obras del artista por la inminente edificación de un complejo de oficinas.

Símbolos del Este, como aquella librería de la escena final de La vida de los otros, la Karl Marx Buchhandlung, han logrado conservar su apariencia aunque no su espíritu. El librero de obras completas de Marx o Brecht, incapaz de asumir el aumento del alquiler impuesto por una nueva inmobiliaria, se marchó hace más de un año a un local más modesto. Muchas de estos adquisidores en la avenida mítica de los desfiles del 1 de mayo, llamada Karl-Marx-Allee, han aprovechado ese romanticismo por los aspectos de la vida en la República Democrática Alemana para, sin apenas restaurar fachadas o interiores, explotar la zona con alquileres que hoy son descaradamente caros. "Creíamos que este iba a ser el primer bulevar importante del nuevo Berlín" - comentan Uwe y Guido. En su lugar, aceras rotas, accesos llenos de maleza y negocios de escaso atractivo. El empeño de Daniel Brühl por ocultar a su madre el fin de un sueño subvencionado es aquí aún posible, aunque sin apoyo estatal: un apartamento de una sola habitación cuesta, según la página de alquileres para turistas Airbnb, 300 euros a la semana.

Los osos de plástico a colores invaden la cosmópolis, pero pocos conocen a los osos reales de la ciudad, Schnütte y Maxi, tributo al símbolo de la Berlín naciente, pre medieval, allá donde el río se bifurca formando una isla y donde se asentaron los primeros habitantes del lodo que era Berlín. Su morada es una caseta de escasos cien metros para ambas, madre e hija. Hoy, Schnütte deambula por el enano parterre exterior sin prestar ya atención a los niños que acuden a verla. Está triste, sucia y sola. La más joven del par murió en agosto del año pasado por causas naturales, quizás –según las quejas de algunos ciudadanos y asociaciones de protección de animales– a causa de las pobres condiciones de vida en las que estaban. A la madre le faltan todavía, como a la propia cosmópolis vibrante y en búsqueda de su identidad, metros cuadrados para ser feliz.

El verdadero drama de la Berlín en transformación es la escasez de viviendas asequibles. Una primera euforia constructiva permitió, a través de exenciones fiscales, la edificación de muchos de sus más llamativos ejemplos arquitectónicos para el año 2000. Pero, según Uwe, hoy un exitoso agente inmobiliario, hubo "un parón importante de diez años sin desarrollo urbanístico". De hecho, el empresario dice que cuando anuncia un piso de uno o dos dormitorios tiene "a cientos de candidatos". Berlín sigue siendo barata, comparada a Londres o Nueva York, "y además es muy verde y segura; hay buena calidad de vida" - amplía Uwe. Tanto él como el promotor español Ángel Nieto, son de la opinión de que para 2030 habrá más de 250.000 nuevos habitantes en la capital alemana, superando las previsiones del futuro alcalde. "La gente se mete mucho con el tema del desarrollo urbanístico y la famosa gentrification, pero lo que le está ocurriendo a esta ciudad es que, finalmente, lleva a cabo un proceso de maduración o normalización" –explica Nieto–. "Hemos pasado de la nada absoluta, a rellenar el centro de la ciudad. Y todo de manera equilibrada, porque el gobierno berlinés sigue prestando gran apoyo al sector artístico y cultural." –opina–. "Soy partidario de que esta ciudad lidere el mundo en cambio, pero apoyado en un criterio económico que apele a la calidad y, por tanto, beneficie a los ciudadanos".

Una de las recién llegadas a la ciudad es Natalia Ibáñez Lario, artista española anteriormente afincada en Nueva York y México DF, donde ha desarrollado una importante carrera dentro de la nueva generación creativa denominada post Internet. Su trabajo se exhibe actualmente en la Bienal del Museo Tamayo, en México, donde también está representada por la prestigiosa Galería Yautepec, así como en el Museo Pablo Serrano IAACC de Zaragoza. Su mudanza en curso se debe a un interés por "la escena artística berlinesa, en consonancia con la mía" pero, además, la artista siente una atracción por ese Berlín "que parece estar fuera de este mundo" - dice. "Me interesa como esta capital se mantiene al margen del capitalismo agresivo" - un concepto en torno al que ella dedica parte de su trabajo - "y cómo todavía hay una herencia comunista por la que se sobrevive al margen del sistema crediticio".

Quizás Natalia, al igual que el resto de los futuros habitantes de Berlín, acabe por habitar en una zona que hoy es la mayor en construcción de Europa. Agua, matorrales, una antigua Torre de vigilancia comunista, los restos del Muro divisorio con el distrito francés de Wedding y las caravanas del Circo Krone, se entremezclan con los obreros y camiones circulando tras la nueva estación principal de Hauptbahnhof, donde ya se ha inaugurado un Spa gigante. Está en el deprimido barrio de Moabit, que incluye un memorial a la prisión mítica de la Gestapo –cuya sección de mujeres está a la venta por la inmobiliaria BIMA–, y donde familias turcas y de refugiados, recién llegados de Siria, Ucrania y Afganistán, aún conviven con los berlineses del centro alternativo Kulturfabrik y, a pocas manzanas, está la cancillería de Merkel.

Para el crecimiento de la ciudad, el futuro alcalde se enfrenta, según Guido y Uwe, a un interesante proceso de renovación democrátrica. El referente es el referendum que tuvo lugar, hace pocos meses, sobre el futuro del antiguo aeropuerto de Tempelhof. "A partir de la decisión y movilización ciudadana se han frenado los planes para construir en el parque " –cuenta Uwe– "y los políticos han empezado a darse cuenta de que no hay modo de desarrollar la ciudad sin dar suficiente información a los ciudadanos; que hay que contar con su opinión". Gracias a estas dinámicas, 25 años después de la caída del Muro, se respetarán espacios de iniciativa pública como los Prinzessin Gartens, o se construirá un proyecto integrador, asequible y cultural denominado Holzmarkt, bajo la gestión de una fundación ciudadana, en pleno Spree.

El pasado mes de octubre, uno de los grupos constructores más importantes, Groth, tuvo que exponer sus planes –incluso repartiendo 60.000 folletos explicativos– sobre el célebre mercadillo y karaoke de los domingos del Mauerpark a representantes y ciudadanos del distrito. El escrutinio de cada metro a edificar en el más célebre parque –por el que antes pasaba aquel dique político, que contenía las libertades y asfixiaba a la ciudadanía– está siendo seguido al detalle por la misma Alianza ciudadana, impulsora del referéndum de Tempelhof. Por primera vez, un proyecto tan ambicioso no será aprobado hasta contar con el acuerdo entre los ciudadanos y los intereses empresariales, en una reunión de ambos, este mes.

Está claro que los berlineses ganaron a partir del 9 de noviembre, y durante estos últimos veinticinco años, el mayor impulso de su historia: han pasado de ser dos a ser muchos, tan diversos como sus barrios. Pero, sobre todo, han aprendido a enfrentarse a sus líderes; no están dispuestos ya a renunciar a su ciudad. La aman y disfrutan, precisamente, por su peculiar proliferación de orden y caos.

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